Me pican los ojos. Me has metido cebolla picada
a conciencia.
No me lo merecía.
Ahora lloro y no puedo parar.
Aunque lloro más al verte.
Y no me des más excusas,
que tu mala acción
no tiene un pasadizo mugriento
por el que escabullirte
sin que nadie te escuche.
Aquí pongo todo encima de la mesa.
Y aún encima me ven llorando.
¿Ahora qué les dices?
¿Qué te vas a inventar esta vez?
Que era por mi bien supongo.
Creo que tienes resecas tus verdades.
No deberías aguantar el tipo esquelético
y patético que tienes.
Engorda en cambio algo tu humildad
(si aún la conservas).
Sólo así
pensaré en perdonarte.
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