
La lluvia caía sobre París. La gran ciudad. Ciudad de los amores perdidos, de las calles repletas y brillantes. Ciudad de mounstruos. Ciudad de placeres ricos y también de placeres pobres.
Aquella negra tarde me recordaba a tristeza, y con todas las prisas que podía, yo misma, sin quererlo, podría haberme llamado "vieja loca". Pues corría casi sin sentido o dirección.
A pesar de mis esfuerzos contínuos por no aparentar mucho más de los 60, en realidad mi cuerpo gozaba de unos maravillosos y bien sentados años 75. Como diría cualquiera, yo ya no estaba para trotes, y mucho menos para deslizarme por debajo de aquella lluvia queriendo asemejarme a una jovenzuela, con todos los encantos a flor de piel. ¡Y qué más!...
París era mi ciudad, y, aunque yo ya no llevara en mi cara más que marcas de vejez, no por ello dejaba de reírme ni un sólo día, como si mi inocencia me impidiera ver que la suavidad y lo carnoso de mis labios de seguro aún seguían surtiendo el mismo efecto que siempre habían producido en todos los jóvenes.
Pero yo ya no era la misma.
Ni la tersura de mis pechos o lo carnoso de mis muslos eran atrayentes. Apenas eran un vivo recuerdo de lo que habían sido antaño..., rebosantes de juventud y fantasías.
Mientras atravesaba apurada la plaza que llevaba al mercado me sentí un poco cansada, y aminoré el paso. Vi de reojo a los lados...pero no había ni un alma. Sin duda aquella tarde iba a ser recordada por muchos como la tarde más lluviosa en años. Y lo era... lo era ciertamente..., porque nunca había imaginado que pudiera sentirme triste sólo por el hecho de ir al mercado.
Aquella negra tarde me recordaba a tristeza, y con todas las prisas que podía, yo misma, sin quererlo, podría haberme llamado "vieja loca". Pues corría casi sin sentido o dirección.
A pesar de mis esfuerzos contínuos por no aparentar mucho más de los 60, en realidad mi cuerpo gozaba de unos maravillosos y bien sentados años 75. Como diría cualquiera, yo ya no estaba para trotes, y mucho menos para deslizarme por debajo de aquella lluvia queriendo asemejarme a una jovenzuela, con todos los encantos a flor de piel. ¡Y qué más!...
París era mi ciudad, y, aunque yo ya no llevara en mi cara más que marcas de vejez, no por ello dejaba de reírme ni un sólo día, como si mi inocencia me impidiera ver que la suavidad y lo carnoso de mis labios de seguro aún seguían surtiendo el mismo efecto que siempre habían producido en todos los jóvenes.
Pero yo ya no era la misma.
Ni la tersura de mis pechos o lo carnoso de mis muslos eran atrayentes. Apenas eran un vivo recuerdo de lo que habían sido antaño..., rebosantes de juventud y fantasías.
Mientras atravesaba apurada la plaza que llevaba al mercado me sentí un poco cansada, y aminoré el paso. Vi de reojo a los lados...pero no había ni un alma. Sin duda aquella tarde iba a ser recordada por muchos como la tarde más lluviosa en años. Y lo era... lo era ciertamente..., porque nunca había imaginado que pudiera sentirme triste sólo por el hecho de ir al mercado.
1 comentario:
Me recuerda ese texto, a una de las sensaciones que quizás los corazones humanos, menos quieren, como es la soledad.
Besos princesa preciosa
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