
Esa noche estaba algo dormida, pero la contínua, aunque ténue, luz de las farolas de aquella calle impedía que me quedase ensimismada. Y permanecía despierta. Más tiempo despierta. Eso me molestaba. Porque cuando me sentía mal lo único que me apetecía entonces era ponerme a dormir, y me podía olvidar de todo...al menos mientras tanto..., incluso me daba la sensación de que, para cuando me volviera a despertar, ya todo tendría mucha menos importancia.
Por eso buscaba el sueño. Pero no lo encontraba: estaba aquella luz incesante y molesta que me lo impedía, aquellas personas con las que no quería compartir mi tristeza, aquellos minutos que no querían avanzar por el reloj.
-Estaba yo-, yo y este malestar que siento a menudo por creer que nadie me puede entender. Eso es quizás lo peor que se me ha ocurrido pensar.
Y la calle avanzaba siempre a mi ritmo, ninguno. Y mi mente tampoco quería avanzar, sólo dormir, sólo olvidarse...
Pero estaba aquella luz...aquella luz que no me dejaba ni palpar el sueño, que no me dejaba esapar de mis problemas.
Ojalá todos tuviésemos siempre esa luz a nuestro lado, ¿verdad?...
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