
Hoy he caído en la cuenta de algo:
-cuántas cosas nos enseña la vida a diario, que no vemos.
Por ejemplo: las personas tendemos a medir el transcurrir del tiempo en base a unos ritmos universales y compartidos. Así, creemos controlarlo, conocerlo.
Y es que somos nosotros los que estamos en el meollo de la cuestión. Por eso nos sentimos tan amenazados. Nos sabemos finitos y poco perdurables.
La vida lleva enseñándonos mucho tiempo que cada cosa, ser del mundo, tiene su tiempo, su ritmo y su modo. No somos nosotros los que lo atribuímos, ni quienes lo repartimos como quien reparte la gracia.
Si intentáramos fijarnos en la cosa o persona concretas, en vez de dejarnos llevar por una lógica que sólo entiende de estadísticas, de normalidades..., podríamos conocer más la vida y sus misterios.
Dado que nosotros estamos entre todos esos acontecimientos, formando una parte importante, -una parte que es integrante, aunque no somos del todo conscientes de ello-, deberíamos poder ser capaces de despegar nuestros dos párpados al mundo, impregnándolos de colores nuevos que siempre han estado ahí. Y digo nuevos, porque para nosotros lo son en cuanto que los acabamos de conocer; pero no debemos caer en el error de pensar que es por nosotros que tales cosas existen.
Si fuera así, y viviéramos en un mundo acaecido por el capricho evolutivo de nuestros sentidos, en qué triste situación -ya no sólo triste en sí misma, sino carente del sentido último- nos encontraríamos.
Así como la sal se encuentra disuelta en el agua, y le confiere propiedades, sin ser vista, así debemos encontrarnos nosotros en la vida, sumergiéndonos en ella con una intención unificadora, para encontrarnos a nosotros mismos a través de lo que no parecemos nosotros, pero somos, en continuidad.
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