Y es qué, ¡quién no ha oído la famosa sentencia TODO ES AMOR!. Pues sí, sonando como suena una verdad tan grande y tan límpida, generalizable como lo es a todos los ámbitos, a todas las personas, culturas, edades, etc, nos olvidamos muchas veces de la tremenda importancia de buscar dentro de esas tres palabras, la multiplicidad de riqueza informacional, espiritual, social y humanamente personal que ahí reside.
De hecho, todos y cada uno de nosotros estamos aquí por amor. Y no me refiero desgraciadamente al amor profundo y sincero entre dos personas, si no también a amores más pequeños, más superficiales, caprichosos e infantiles que no entienden de espiritualidad.
Independientemente de que haya personas cuya vida gire en torno a amores superfluos, vanales, materialistas, no debemos por ello caer en el error de mezclar el agua con el aceite. Me explico: una cosa es el cuerpo, y otra es el espíritu. Son cosas distintas, y gracias a las dos tenemos esta oportunidad de poder acercarnos más a Dios en nuestro cada día. Gracias a las dos, y no a una sola, pues sin una cosa o la otra, no estaríamos completos.
Aún sigo intentando buscarle una explicación a la manía tan increíble que tienen muchas personas (y la cara) para cuestionar la moralidad de Dios. Por intentar ser pioneros en un campo en el que ya no tenemos nada que inventar.
Como no, todo depende de la madurez personal con la que afrontemos cada cuestión, pero lo que sí es verdad, es que, como dice en la Biblia, el Padre, creó cada cosa, y vio que era bueno.
No debemos olvidar esto. Ni debemos olvidar tampoco que tanta religión vuelta hacia los ojos humanos, puede acabar siendo una idea completamente diferente. De ahí la importancia y la obligatoriedad que tenemos realmente por limar esas pequeñas asperezas que nosotros mismos nos creamos muchas veces en nuestra oración. Y no me refiero a unas asperezas fruto de nuestra humanidad, si no también de nuestro espíritu.
Intentemos tener el amor suficiente para amar las cosas y amarnos a nosotros mismos tal y como Dios nos ha creado. Si no somos capaces de ello, sería bueno que empezásemos a "renovar" nuestra fe.
Impera un miedo en los hombres a perderse dentro de su propia humanidad. Bien, ¡pero si somos un conjunto!. Nuestro Padre nos ha hecho limpios, y sólo es nuestra mirada la que ve las cosas como sucias. No, Él no crea cosas sucias. Él tampoco crea cosas malhechas.
Por supuesto, estamos para perfeccionarnos, ¡y en muchísimas cosas!, pero, si estamos cerca del Señor, si tenemos el corazón confiado a su amor, no hay nada en el mundo ni en nosotros, que no podamos amar, como Él los ama, al haberlos creado.
Encontraremos a personas por el camino que no eligen el nuestro, que tienen cada pie en uno distinto, etc. Hay de todo, como en vendimia. Pero todo eso no quiere decir que seamos ignorantes o que seamos soberbios. A fin de cuentas, Dios es un misterio. Se nos manifiesta a través del amor, que nosotros no sabemos guiar correctamente.
Si tenemos Su presencia en nuestros corazones, y lo amamos, no puede y no hay vínculo mayor con Él.
Es entonces cuando no importan ya las palabras, ni el idioma, ni la manera, no, tampoco la manera... Es entonces cuando nos resbalan hasta (y voy a ir más lejos) las religiones. Porque Dios sólo hay uno, y si se encuentra en alguna parte, se encuentra primero dentro nuestra, antes incluso de estar afuera. Es decir, que de nada nos vale analizar, maravillarnos acaso de la variedad, perfección y belleza abundantes en el mundo, si no valoramos y nos dejamos guiar por la intuición, la seguridad que nos da el tener a Dios dentro nuestra.
Pienso que, cuando nos empiezan a preocupar más los detalles que la propia esencia, es mala señal. No deberíamos encontrar problemas al amar con todas las facetas que nos caracterizan, si vivimos con la idea de que el amor lo es todo, y que todo es amor. Hasta nosotros somos amor. Nuestro espíritu está hecho por Dios para su gloria, y nuestro cuerpo también. Sólo la conjunción tanto del espíritu como del cuerpo nos puede acercar a Él, al menos a nosotros. Y es que nos ha hecho así, y así somos.
Parece que cuando se habla del espíritu, las personas están más de acuerdo que cuando el tema a tratar es el cuerpo. Al menos en relación a amar, porque la ciencia ahí se queda pequeña.
La sensibilidad que nos proporciona el tacto, por ejemplo, no nos ha sido dada solamente para nuestra supervivencia, si no también para que veamos cuán grande es el Amor, y cuántos registros abarca. Y es que, como humanos, necesitamos de esas pequeñas cosas (muchas veces despreciadas) para entender de Dios.
Todo depende, claro está, de nuestra pureza del alma. Porque si nuestra mirada está turbia, aunque tengamos unos ojos que funcionen perfectamente, veremos siempre cosas turbias, y no veremos a Dios en casi nada: querremos cambiarlo todo.
Si por el contrario tenemos una mirada limpia y sincera, pero una mala vista, lo que nuestro espíritu intente captar en su afán por descubrir y amar a Dios, no lo podremos apreciar, porque no tenemos órgano que registre la información.
Pienso que en nuestra limitación humana no hay error, no hay olvido.
En nuestra limitación humana hay milagro, hay verdadera búsqueda para amar a Dios.
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