Perfumando tus rodillas,
mis mordiscos
son simples bocados comestibles,
arrancables por todas las lenguas resabidillas
de un apetito vorazmente desastroso.
Qué haremos contando todos los sabores
que se pierden
empapados sus sentidos;
no te separes ni un centímetro:
-mis agudos altísimos
son música para tus oídos
solamente,
mismamente.
Quizás no te falte
más que verlo por ti, aquí y ahora,
yo sigo siendo aquella ingenua y soñadora
-con hambre todavía.
Perfumando tus rodillas
se ha vuelto irónica la vida conmigo
-me digo-
tan cerca como lejos,
al final me he quedado más o menos
justamente donde quería empezar a marcharme.
Pruébame entonces:
-hoy sé tristemente a chocolate-,
fundidamente ardo de continuo
con fiebre por rendir mis propias palabras.
Háblame de las cosas
que me he perdido
por haber estado entretenida
jugueteando a solas conmigo misma
con mi conmigo,
siempre a la espera de algo importante.
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