jueves, 5 de febrero de 2009

EllA


Entrecerraba los ojos con demasiada vanidad, lo sabía. Sin embargo, le gustaba hacerlo cada mañana. Le reconfortaba la luz del sol calentando sus ojos y abrillantando sus pupilas…, le reconfortaba demasiado.
Se definiría como una persona perezosa y terca, estoy segura, por no decir envidiosa, pero eso para ella era algo bueno, y por eso no le daba vergüenza admitirlo.
Esa mañana también habría borrado del mapa a su madre de no ser porque existía entre ellas el lazo más fuerte: el lazo de sangre. Su madre era su espejo, su futuro, un camino por el que ella iría hasta tener sus arrugas, su sentido de orden, de limpieza y pulcritud, su sentido del deber a cada paso que diera…, su madre era su destino, y eso, simplemente, era algo que no podía aceptar. Ella quería viajar por el mundo desordenadamente, conocer a gente de vida desordenada, tener hijos desordenados, y morir por causas desordenadas.
Pero tenía un sentido del orden muy fuerte, y en el fondo le daba miedo comportarse de una manera que a primera vista parecía irresponsable.
No quería admitirlo, pero ella no lo era, ella era quizás más ordenada que su madre, más autoritaria, más fija de ideas de lo que le gustaría. Por eso le gustaba cerrar los ojos cuando le daba el sol: ella no estaba, ella no era eso, y nadie la podría encontrar entonces para reprochárselo. Ella no era su madre, ¿quién habría podido pensar una cosa así?. Esa noche no había podido dormir pensando en ello, en sí misma, en la muerte. Tales cosas la habían obsesionado desde siempre, y tenía la extraña sensación de que eso no cambiaría.
Ella ya no quería pensar más, ella quería ser diferente, pero, ¿lo era?.

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